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Sentado sobre la cima del mundo

osera

Sentado sobre la cima del mundo, un pié en China y el otro en Nepal, limpié el hielo de mi máscara de oxígeno, me incliné contra el viento y miré distraídamente la inmensidad de las llanuras del Tíbet. Entonces, de forma borrosa y distante, vi que la extensión de la tierra bajo mis pies era una espectacular visión. Había soñando con este momento, y con lo que se debía sentir, durante ya unos cuantos meses. Pero ahora que finalmente estaba allí, realmente sobre la cima del Monte Everest, apenas podía reunir la energía suficiente para darme cuenta.

Era la tarde del 10 de Mayo de 1996. No había dormido en 57 horas, y lo único que había conseguido hacer bajar a mi estómago era una sopa y unos M&Ms. La fuerte tos de las últimas semanas me había separado dos costillas y había conseguido que el simple hecho de respirar fuera una tarea insoportable. A 8.848m en la troposfera, tan poco oxígeno llegaba a mi cerebro que mi capacidad mental era la un niño poco espabilado. En aquellas circunstancias, era incapaz de sentir algo más que frio y cansancio (…)

Dirigiendo mi máscara hacia dos escaladores que llegaban a la cima, noté algo que se me había escapado: hacia el sur, donde el cielo había permanecido perfectamente despejado, una manta de nubes escondía ahora el Pumori y el Ama Dablam, y otros picos menores que rodean el Everest.

Con el tiempo –después que se encontraran seis cadáveres, que la búsqueda de otros dos se abandonara, y que una operación amputara la mano de mi compañero Beck Weathers- la gente preguntaría porqué los montañeros no detectaron las señales. Nadie puede hablar por los dos líderes de aquellas expediciones, porque ambos [Scott Fisher y Rob Hall] están ahora muertos.

Jon Krakauer, “Into Thin Air” 1996.

Yo aún no consigo recordar como di con el original de este texto un día en internet. Solo sé que debía ser primavera de 2008 y que finalmente lo compraría por Ebay a una librería en Alaska. Lo que sí sé, es que con tan solo leer el primer párrafo de estos que me he permitido traducir para vosotros, yo ya supe que tendría que ir a verlo con mis propios ojos.

Cómo debía ser aquella cima. Desde la que mirando al horizonte ves la curvatura de la tierra. Desde la cual si alzas la vista dicen que el cielo se oscurece y percibes el espacio. Aquella que, con los cadáveres de gente que un día soñó con ella y que debes sortear, te recuerda que lo difícil no es subir sino tener fuerzas para bajar.

¿A cuántas personas conoces que han estado allí? ¿A cuántas personas conoces que han visto esas montañas? La gente tampoco sabrá decirte dónde está en un mapa, y confundirán el Tíbet con Nepal. Por dios, pero si fue un país prohibido a los occidentales hasta mediados del SXX. EL único del mundo cuya religión oficial fue el budismo hasta la guerra civil del 2006. Si aquel topógrafo no se dio cuenta de que el Pico XV del Reino prohibido de Nepal era el más alto del mundo hasta el año 1852. 8 de los 14 “8-miles” están allí. Y los Annapurnas. Y la mayor comunidad tibetana fuera del Tíbet, que huye de la represión china y se refugia en Katmandú.

Leyendo aquel libro, descubrí que no debes ser un montañero profesional, que si tienes dinero y tres meses de tu vida, podrías intentarlo. Y yo no soy ni alpinista, ni himalayista, ni montañero, ni profesional, ni siquiera me voy de trekking los findes. Solo un jugador de Osos. Pero joder, tantos años haciendo deporte tienen que servir para algo, no para tirar todo ese esfuerzo por la borda una vez que te retires y quedarte en casa los sábados viendo football. Así que tomé una decisión: tendría que ir a verlo primero –Know your enemy- y ver qué pasaría después. Conocimos aquí en Madrid a Ram Nepal, director de la agencia “Eagle Trek & Expedition” en Katmandú y todo fue rodado. Con el tiempo supe que esto que estaba pasando tenía un nombre: el efecto Krakauer. Personas de todo el mundo protagonizarían un boom viajando a Nepal tras aquel libro.

Destino: corazón del Himalaya y un trek de 14 días: 100km y 9 días de ascenso y otros 90km de vuelta en otros 5. Altitud máxima: 5.550 metros sobre el nivel del mar. me iba a decir a mí que en mi viaje, desde el avión, vería aquellas colinas en las que se escondía Bin Laden, aquellos cañones en los que en un ataque Al-Qaeda moriría Pat Tillman, uno de los jugadores a los que más había admirado desde que era un junior.

El plan: volar en avioneta desde el valle de Katmandú a las montañas, aterrizar en la pista 200m de longitud de Lukla (2.840m) y para colmo sobre un acantilado. Atravesar los valles, conocer la tribu Sherpa, visitar los templos budistas y rodear por la izquierda las estupas budistas y los manis, piedras sagradas grabadas con mantras. Dejar atrás aquellos “picos menores” de los que hablaba Krakauer, el Ama Dablan (6.814m) y el Pumori (7.165m), y por fin, repetir esos mismos mantras una y otra vez para que el monzón nos permitiera disfrutar de la pirámide perfecta que forma Sagarmatha, montaña que los occidentales llamamos Everest y que se esconde tras el Lhotse (8.516m) y Lhotse Sar (8.382m).

Y esta vez no iría solo ni rodeado de deportistas de alto nivel: Berta se vendría. La negociación de este viaje fue muy fácil, de la del tipo “yo me voy en septiembre, si quieres te vienes”. Menuda responsabilidad, ¿qué pasaría si a mitad de camino decide que no quiere seguir? ¿Cómo reaccionaría a la altitud por encima de 4.000m? O cualquier otra cosa. En esos sitios vale con resbalarte en el sitio equivocado.

Como podréis suponer los que me conocéis, solo tenía una palabra para describir aquello: “easy”. Había pedido unas mallas “por si” y llevaba mis pantalones cortos para el post monzón. Todo listo. Lunes 26 de septiembre y 4 días para partir. Noticias: terremoto de 6,9 en el norte de la India sacude también China y Nepal. Número desconocido de desaparecidos y 50 muertos. Un muro en la embajada de Inglaterra en Katmandú provoca varios muertos. Las inundaciones en la zona dificultan el rescate.

¡¿Cómo?! ¿Inunda-qué, terre-qué? Si acabo de meter el bañador y los pantalones cortos en la mochila! ¡Es imposible! ¡Si el monzón tenía que haber terminado hace ya semanas!

Corriendo busqué el tiempo en el campamento base del Everest: -26ºC y 50 cm de nieve esa noche.

Fue aquel lunes a las 10 de la mañana cuando me di cuenta de que este no era un viaje, sino una aventura, de las pocas a las que se puede lanzar uno ya buscando esa sensación de vacío en el estómago. Y no nos defraudó: una semana después, tras nuestra primera noche en Katmandú, Ramesh, nuestro contacto en la agencia nos informa que un vuelo panorámico de Buddha Air, la empresa con la que habíamos contactado para volar sobre el Himalaya a la vuelta de nuestro trek, se estrella con los turistas al aproximarse al aeropuerto. 19 muertos. Gente como yo que había viajado medio mundo por ver aquello. El motivo, las fuertes lluvias y la escasa visibilidad. Y al día siguiente era nuestro turno, y a Lukla, conocido como una de las pistas más peligrosas del mundo. Por supuesto al día siguiente los vuelos se cancelaron y perdimos un día. Ahora el trek de 200km habría que hacerlo en 13 días –bajo la lluvia. Solo podíamos ir a Thamel, el barrio más turístico y montañero de Katmandú, a conseguir toda la ropa técnica que necesitáramos.

Por supuesto nos topamos con las consecuencias: el terremoto y los corrimientos, que incluso viviríamos después, habían destrozado un puente colgante y debimos cruzar una garganta. No fuimos conscientes en aquel terreno resbaladizo -el mismo que los porteadores hacían en sandalias o descalzos, agarrándose a las plantas o las raíces- de lo que suponía hasta que llegamos al otro lado. Lleno de barro, mientras que observábamos aquella garganta, noté algo en el cuello: aquel viaje no sería solamente aquel en el que vería el Everest por primera vez, sino que también en el que me quitaría mi primera sanguijuela.

Por los días siguientes dejaré que hablen las fotos, como el día de aclimatación que el que subimos al mirador de Everest View (3.840m). Éste hizo honor a su nombre y fuimos los primeros de la tarde en verlo. Estábamos a los piés del Thamserku (6618m) y aún nos debían quedar unos 70km de marcha.

Pasaban los días y el monzón no cesaba. Las nubes iban y venían y muchos montañeros aún no habían visto aquello por lo que habían cruzado medio mundo. Los helicópteros de rescate seguían subiendo y bajando los valles del orden de 10 al día. Y yo aún no tenía muy claro cuando íbamos a ver el glaciar de Khumbu, aquel sobre el que caen los helicópteros porque el aire no es suficiente como para sustentarlos. Y con este panorama, con un frío de narices y ventisca, nos fuimos a dormir aquella noche en Lobuche (4.910m). Tapeamos las rendijas del refugio y nos preparamos para dormir casi a bajo 0 en el interior. Pero eso no era lo malo. Debía ser nuestro octavo día y al día siguiente debíamos llegar a Gorak Sheep (5.140m), el último refugio, dejar las cosas y seguir al CB del Everest (5.364m). Aquel sería el día más duro del viaje, si no fuera porque después deberíamos volver a Gorak, dormir con el oxígeno al 50% y con los síntomas del mal de altura, y ascender a Kala Patthar (5.550m), la colina negra desde la que se toman todas las imágenes del Everest y con una de las vistas más increíbles de este mundo.

Nos la habíamos jugado en el trabajo cogiendo vacaciones en casi octubre, nos habíamos gastado todo ese dinero, nos habíamos jugado la vida días antes siendo uno de los pocos vuelos que permitieron volar a Lukla, todo por ver el aquella maldita montaña… y estaba nevando. Estaba furioso, había ido hasta allí para nada y me iba a tocar volver a ese valle para terminar lo que había empezado.

Aquella mañana debía ser miércoles 5 de Octubre o algo así. La verdad es que tenía un lío impresionante porque en las últimas noches atrás mi reloj se congelaba y se reseteaba solo por las mañanas. Parecía querer imitar a R2D2 con aquellos sonidos. Vaya, llevamos más de una semana en esos valles, donde no hay carreteras ni coches, ni electricidad, algo desorientados ya… pero aquella mañana amaneció soleado como ningún día en tras el comienzo del monzón en primavera.

Hablé con Shanker, mi guía, y tomé la determinación de cambiar el planning: subiríamos a Gorak Sheep y seguiríamos para hacer cima en Kala Patthar. Calculo que serían unos 11km, con un desnivel de unos 700m y por encima de 5000m, pero yo no estaba dispuesto a dejar pasar aquella ventana. Shanker dijo que sería mejor que no, y que además se había puesto malo, que termináramos el trek hasta el CB y que ya mejor al día siguiente intentaríamos Kala Patthar.

 

Por supuesto se hizo como yo dije, pero el reloj jugó en nuestra contra. Berta llevaba un paso firme pero más lento que el del resto de los montañeros. Y para cuando quisimos partir para Kala Patthar ya debía ser como la 1 de la tarde y las nubes subían por el sur, como cada tarde, colándose poco a poco entre el Mehra Peak (5820m) y el Nuptse (7864m), esa pared que se extiende desde el Lhotse y que te impide ver el Everest desde el glaciar. El guía se quedó abajo y subimos con Orson, nuestro porteador. Llegó un punto en el que Berta no paraba de decir que estaba cansada, y que las nubes ya apenas dejaban ver el Everest. La madre que me parió. Apenas veíamos a nadie ya y debían rondar las dos de la tarde. Berta desistió y se dio la vuelta al refugio con el guía.

Las nubes subían por mi espalda llegando al Pumori justo sobre Kala Patthar, y al poco rato ya no podía verlo: “Hacia el sur, donde el cielo había permanecido perfectamente despejado, una manta de nubes escondía ahora el Pumori y el Ama Dablam, y otros picos menores que rodean el Everest”. La madre que me parió. Ahí estaba yo solo, con la ventisca alcanzándome. Podía ver a alguien que iba unos metros por delante de mí pero que apenas podía con su alma. Entre darme la vuelta o seguir, decidí llegar hasta arriba sin hacer más descansos. Adelanté a aquel japonés de aquellos que ves que no saben lo que hacen y por fin llegué en solitario a aquel al lugar donde ondeaban aquellos rezos tibetanos con sus colores típicos: azul, blanco, verde, amarillo y rojo.

Y así fue. Sin guía, sin Berta, con las nubes y la ventisca amenazando. Ni siquiera poder ver el Pumori ya, sobre mi cabeza. Apenas distinguía el CB del Everest a cientos de metros, bajo mis pies. Al otro lado del glaciar las paredes eran inmensas, incluso acabábamos de grabar un alud. Y las nubes abrieron. El sonido del viento y yo para disfrutar de todo aquello con lo que había soñado:

Sentado frente a la cima del mundo, con un pié en la tierra y el otro en el cielo, limpié el hielo de mi cámara de fotos, me incliné contra el viento y coloqué mi bandera de Osos frente a la inmensidad de las montañas.

Duro Golpe

osera

Hola a todos.

 

He pensado mucho como comenzar este post y ahora que empiezo a escribir todavía no lo tengo nada claro.

 

El sábado por la tarde Osos recibió un duro golpe, se habían puesto muchas ilusiones en el torneo de la Copa, se había hablado con jugadores retirados para que jugaran, se había trabajado muy bien en los entrenamientos, había 46 jugadores en la banda, pero…

 

Que no vendan la piel del oso, no estamos muertos

oseraHacía algún tiempo que por diferentes razones no podía pasar por un entreno y el pasado viernes me pasé por el campo de Rivas a curiosear un poco y a dar un abrazo a algunos amigos. Viernes diez y media de la noche y con una previsión de magnífico tiempo para el fin de semana: cuatro gatos entrenando. Según me acerco al campo veo bastante movimiento en la banda, ¿habrá pasado algo?. Sí, efectivamente pasaba algo, que estaban sobre el campo mas de 60 personas entrenando. Los equipos Junior y Cadete con una clase teórica en una banda y mas de 30 seniors entrenando por posiciones, UN VIERNES CON BUEN TIEMPO, no me lo podía creer. Bastantes cosas me vinieron a la cabeza.

entrenogrupo

Desde la Osera

oseraComenzamos una nueva temporada llenos de ilusión y con estrenos, estreno de nuestra nueva página web y estreno de una nueva categoría, los cadetes (único equipo fuera de Cataluña que va a competir a nivel Nacional en esta categoría… volvemos a hacer historia como hace 21 años con el Senior) y continuando con el resto de categorías: Flag sub 14, Flag Senior, Junior, Equipo B y Equipo Senior.